Como iba diciendo; el sentido común no es sino aquel que dicta lo que hay que condenar y lo que hay que apoyar. Es aquel que hace que de manera natural se condene y visibilice una pedrada en el cristal de un banco y no se visibilice una bola de goma en el ojo de aquel manifestante que quedó ciego. Es aquel que legitima la tauromaquia. El sentido común es aquel que dice que el inmigrante se vaya a su país porque si todos vinieran aquí el país se colapsaría. El silencio que trae consigo el sentido común es el que ha apoyado todos los desahucios.

Uno de los grandes logros de Podemos ha consistido en resignificar el concepto de sentido común cargando esta noción de humanidad. Desde que Podemos hizo entrada en la escena política sentido común significa empatía, solidaridad, significa escuchar aquella voz humanísima que surge dentro de todos nosotros cuando vemos a una anciana desahuciada, a un niño ahogado en nuestras costas, significa –en definitiva- empatía en lugar de apoyo al tradicional sentido común que solo sirve como apoyo a la ideología dominante.

Al margen de estas consideraciones y atendiendo a la más estricta actualidad tenemos como hecho fundamental el cementerio en el que se ha convertido el Mediterráneo. Las orillas que las agencias de viajes pintan como paradisiacas aparecen teñidas de horror y sangre, inundadas de vidas truncadas. Frente a esta realidad ciudades como Madrid y Barcelona –estandartes de la decencia en España- se declaran como ciudades que admiten refugiados. La universidad Humboldt de Berlín también abre sus puertas.

Pero aquí no acaba todo. Una vez que hemos conseguido que el sentido común se ponga de nuestro lado, una vez que hemos apartado los torpes argumentos que arguyen la imposibilidad de cualquier vestigio de humanidad, una vez que hemos desterrado las trabas ideológicas que impiden defender la sanidad pública para todos y todas debemos dar un paso más. Debemos hacer que lo evidente sea posible. Debemos observar la cara de aquel padre sirio con su hija en brazos y atender a la voz humana que nos habla desde sus lágrimas. Y he aquí el problema: una vez hemos hecho evidente la necesidad de un cambio nos topamos con que lo humano se hace imposible en un sistema inhumano.

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Lo evidente, que sería acoger a aquellos inmigrantes que la marea nos trae a los pies, se convierte en algo imposible. Lo evidente es imposible y lo imposible, lo inhumano que es que los niños se nos mueran en las playas, que un pueblo entero como el griego no pueda decidir sobre su futuro es lo que sucede. Tenemos pues que lo imposible sucede y no hay cabida para lo evidente, para la voz humanísima que surge de las entrañas mismas del hombre diciendo que no, que así no se puede.

Tenemos pues que toda solución es parcial ante un sistema que cortocircuita cualquier vestigio de humanidad. Tenemos que aunque el sistema hace aguas por todos lados no se piensan alternativas pues nos han enseñado que nada más es posible. El chorro de refugiados es un síntoma más pero no es el problema. El niño ahogado en playa no es el problema, es el síntoma de algo que hay que cambiar de manera radical si se quiere realmente alcanzar un futuro mejor como sociedad. El refugiado, el ahogado, el perseguido, el desahuciado, son los elementos a partir de los cuales debemos tomar conciencia de nuestra enfermedad.

Salen a flote los síntomas como salen a flote los muertos en el  Mediterráneo. Y todos nos decimos no. Así no puede ser. Como decía Ismael Serrano, los que antes de ayer morían en Vietnam, ayer morían en Bosnia y hoy mueren en Bagdad. Hay que completarle la frase. Hoy mueren en nuestras costas. Y nosotros tenemos que decir no. Tenemos que conquistar el derecho a decidir sobre nuestro futuro.

Tenemos que darnos de cuenta de una vez de que el niño ahogado es síntoma y de que toda solución es parcial frente a un cambio profundo y estructural que cada vez llama con más fuerza a nuestra conciencia. Primero es el sistema, luego las heridas derramando sangre a borbotones. Y ya no nos valen las tiritas. Este es el orden de las cosas.