Este pasado viernes en Madrid, Irene Montero participaba de un acto de precampaña y, pecando, de querer ser más papista que el propio Papa en cuanto a lo inclusivo del lenguaje (por aquello de ser Ministra de Igualdad, presupongo) dio un discurso aceptable en cuanto al fondo, pero totalmente desatinado por las formas, especialmente por el excesivo celo al utilizar el '-e' o el '-es' para designar la neutralidad, o el desacuerdo, en cuanto al sexo.

Palabras como hije, niñe, une, nosotres, todes o escuchades, fueron dichas y, al momento, una ola de críticas desde la derecha y la ultraderecha sacudió los endebles cimientos que sustentan las redes sociales. Críticas sin argumentos que no lo eran por las formas (ni siquiera el mensaje), sino por la persona y lo que representa en cuanto a ideología política (de todos es sabido que en la derecha se jactan bastante de ser ignorantes, incluso es algo que llevan con orgullo, véase la misma candidata del Partido Popular a la presidencia de Madrid en sus numerosas intervenciones públicas).

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Creo necesario poner argumentos sobre la mesa en cuanto a este uso, para mí desacertado, pero no por quien lo dice ni por quien es, ni siquiera hacerlo desde la Lengua o desde la gramática, que para eso ya está la RAE, aunque esta institución suele ir con un retraso de cinco años respecto al avance de la sociedad y el espectro cultural que la sustenta.

Lo quiero hacer desde la Sexología, desde la propia ciencia que se dedica a estudiar el hecho sexual humano, porque de esto va la cuestión, del paradigma de los sexos.

El sexo se es, es una condición ineludible. El sexo se puede hacer o se puede tener, pero, sobre todo, se es. No existe un tercer sexo o un sexo neutro, existen (y coexisten) dos sexos: varones y mujeres. No se puede no ser varón y no se puede no ser mujer. Como sujetos sexuados que somos, lo somos en tanto que varones y mujeres, aunque esta identidad sexual no es una cuestión genital, sino un complejo debate que vamos desarrollando de manera personal entre el sexo que nos dieron al nacer, el sexo con el que nos registraron, el sexo en el que nos educan, el sexo en el que nos consideramos y, todo, en relación siempre con el resto.

Entender esto es comprender que el sexo no es algo disyuntivo, sino conjuntivo pues no somos ándricos o gínicos, sino que tenemos, poco o mucho, de lo uno -propio- y de lo otro -ajeno-. Somos seres ginándricos donde la intersexualidad es la norma, donde los sexos (insisto, los DOS sexos) conviven en el interior y en el exterior de cada un@ de nosotr@s, aunque esta convivencia no siempre sea algo armonioso o sinérgico. No nos sexuamos como varones o mujeres, nos sexuamos como varones y mujeres.

Por lo tanto, desde el concepto de sexo en base al hecho sexual humano, no cabe la referencia neutra. Somos nosotros o nosotras, somos hijos e hijas, niños y niñas, ellos o ellas. Seremos más de uno o de otro, pero seremos, esa es la realidad. No podemos no ser.

Ahora, desde un tiempo atrás, numerosos ataques tienen como objetivo desactivar el concepto moderno de sexo (sí, todo lo anteriormente expuesto es un concepto progresista y muy moderno del sexo, mal que le pese a algun@s) desde una "generología" que realmente no existe (y en la que se "sustentan" pseudoteorías según la moda reinante) donde la cuestión de las identidades sexuales no parte del sujeto en sí, sino de alguna de sus partes (por ejemplo el género), lo que reduce la cuestión del sexo a una noción pobre y rudimentaria.

"La moda" ahora es buscar marcas identitarias que nos diferencien del resto y nos hagan "especiales" y, así, entramos en una carrera donde cada vez más aparecen nuevos grupos con marcas que los definen, grupos que a la larga se auto mutilan porque dentro de ellos, surgen nuevos subgrupos que se agarran a nuevas marcas definitorias que los hace “diferentes” al resto y, por lo tanto, nuevamente únicos. Toda esta nueva creación nos lleva a resistencias y a celebraciones, es decir, a enfrentamientos, pues si tu grupo basa el ser varón o mujer en unos condicionantes determinados, y yo no me identifico con ellos, entonces, no soy varón o mujer (y al contrario) y es entonces cuando tengo que buscar (o crear) otro grupo donde esas marcas de identificación si que cuadren con como soy.

Lo que parece un signo de progreso, el crear más y más opciones, no deja de ser algo irreal pues, al final, proporciona menos posibilidades de ser.

Nos sexuamos como varones y mujeres, en tanto que masculino y que femenino, pero sin caer en la trampa de que lo masculino sea algo exclusivo de varones, y que lo femenino sea algo exclusivo de las mujeres, ni que lo masculino sea algo generador de varones, ni que lo femenino sea algo generador de mujeres.

¿Qué quiere decir esto? Sencillo, que no por ser varón tengo que ser masculino, y no por ser mujer tengo que ser femenina. Nuestra expresión de género es variable, y se mueve en un sentido o en otro en función de múltiples factores. Por el hecho de ser sexuados, varones y mujeres poseemos particulares combinaciones de rasgos femeninos y masculinos, pero como no podemos no ser sexuados, tampoco no podemos no expresarnos en tanto que masculino y femenino.

Por esta lógica (científica y sexológica) tampoco sería adecuado utilizar el -es, aún cuando la excusa sea hablar de género y no de sexo. De hecho, a pesar de parecer especialmente inclusivo cuando se usa, lo que realmente se demuestra es un alto grado de desconocimiento en cuanto a lo sexual (se habla mucho del sexo, pero se le estudia poco) pues al hacerlo, no se incluye nada nuevo ni a nadie en especial (ni siquiera a sujetos transexuales, pues ellos y ellas también se sexan en varones y mujeres), sino que se excluye a todo el mundo negando la mayor, la propia condición sexual humana en tanto que varones y mujeres que se expresan en masculino y en femenino.

¿Cuál es la solución? primero; acostumbrarnos a no utilizar el masculino como genérico. Segundo; si conocemos el público al que va dirigido el mensaje, utilizar masculinos o femeninos en función de las mayorías. Tercero; siempre que se pueda, utilizar palabras que no sean excluyentes y sí integradoras como progenitores, alumnado, profesorado, juventud, o también utilizar la '@' y, cuarto: decir niños y niñas, hijos e hijas, ellos y ellas, nosotras y nosotros, etc., no está mal, no es de ser fachas, no es de ser arcaicos, al contrario, es especialmente progresista y rompedor, es reconocer y aceptar el concepto moderno de sexo, sin caer en la tentación de las modas (pasajeras) en sexología.


Pablo Ortiz García es autor del libro SEXtasiaDOS