Me gustaría que cada año no tuviésemos que marcar en el calendario el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Me entristece que, como sociedad, no hayamos superado esta lacra y que tengamos que lamentar muertes de mujeres a manos de sus parejas o exparejas.

Esta violencia no se mide solo por las estadísticas oficiales que hablan de víctimas mortales. También por el miedo que sufren muchas a ser agredidas o a que agredan a sus hijos; por el miedo a hablar e incomodar a su agresor; o por el miedo a salir de noche a la calle.

Escuchaba hace poco con estupor el caso de la funcionaria del Ayuntamiento de Albacete que fue agredida sexualmente en la plaza de toros de la capital. No pude evitar acordarme de las auxiliares de ayuda a domicilio y de los casos que han tenido que sufrir en sus puestos de trabajo.

Estas trabajadoras se enfrentan a veces a situaciones de violencia y abuso en el ejercicio de sus labores, y es hora de que se tome en serio este problema y se adopten medidas efectivas para proteger su seguridad y bienestar.

Las auxiliares de ayuda a domicilio realizan un trabajo crucial, brindando cuidados y asistencia a personas vulnerables en sus propios hogares. Sin embargo, muchas de ellas se encuentran en una situación de vulnerabilidad extrema, ya que sus empleadores suelen ser personas enfermas o discapacitadas que requieren atención constante. Esto puede hacer que se vean afectadas por abusos como agresiones verbales y físicas y hasta acoso sexual y explotación laboral. Es inaceptable que estas trabajadoras tengan que enfrentarse a situaciones de violencia en el ejercicio de sus labores.

Desde el sindicato estamos actuando enérgicamente para garantizar que se respeten sus derechos laborales y se proteja su integridad física y psicológica. Pero creo que es preciso implementar nuevas medidas de prevención y protección, así como protocolos de actuación ante situaciones de violencia, tanto por parte de empleadores como de las autoridades competentes. Además, es fundamental que tengan acceso a formación sobre prevención de la violencia, así como a asesoramiento y apoyo psicológico en caso de sufrir agresiones.

Hay que promover una cultura de denuncia y de empatía entre las trabajadoras, para que se sientan respaldadas y puedan alzar su voz sin miedo a represalias.

La situación económica de estas mujeres -la mayoría mal pagadas y con jornadas que no alcanzan las 35 horas- las coloca como el eslabón más débil de la cadena y en la diana de sus agresores.

En definitiva, el 25 de noviembre es una oportunidad para recordar que la violencia contra las mujeres no se limita al ámbito doméstico o personal, sino que también se manifiesta en el entorno laboral.

Es responsabilidad de todas y todos luchar contra esta lacra y, en el caso de las auxiliares de ayuda a domicilio, el sindicato debe ser el aliado firme en la defensa de sus derechos y en la erradicación de la violencia en sus puestos de trabajo, algo que pasa por la mejora de sus condiciones laborales. Es hora de que se tomen medidas concretas y efectivas para proteger a estas trabajadoras, y no descansaremos hasta que así sea.